RIP

La muerte de una nación es un pensamiento difícil de articular, especialmente si uno vive dentro de esa nación.

Partiendo de que la decadencia de occidente es un tema clásico, ahora hay una acumulación alarmante de datos que avalan tendencias demográficas mundiales regresivas, afectando, en particular, a las poblaciones caucasianas europeas o de origen europeo.

Se habla de un “invierno demográfico” y del declive irresistible de la familia biológica. Aunque la población mundial ha aumentado en los últimos 50 años, la tasa de fertilidad ha descendido también a la mitad. Según Gary Becker hoy en día hay al menos 70 países por debajo de la tasa mínima de reemplazo generacional, alrededor de 2.1 hijos por mujer, y muchos están en la Europa occidental. En 2005 había en Europa menos adolescentes que personas mayores de 65 años, invirtiendo la tendencia natural e histórica.

El economista Edward Hugh se detiene particularmente en el caso de Ucrania, una versión extrema del invierno demográfico. Este país ex soviético está perdiendo población a un ritmo de más de 300.000 habitantes por año, pasando de los casi 52 millones de 1992 a los 44 actuales. Nosotros estamos incluidos en este riesgo de extinción demográfica y económica: “Aplicando el argumento que muchos aplican a los bancos, ¿no diríamos que los países insostenibles “merecen” fracasar? ¿Por qué los contribuyentes estadounidenses o alemanes tendrían que pagar para mantenerlos a flote? Naturalmente, esto incluye a España y este grupo de países que sólo pueden saludar al César mientras se preparan para morir. Puede parecer extremo, pero sólo démosle tiempo”.

Las crisis de los imperios multinacionales o incluso de los estados nación, incluyendo su eventual desaparición, en efecto no es algo históricamente inaudito ni metafísicamente imposible, pero la cuestión es quién se ocupará de estas nuevas naciones emergentes en el seno de grandes naciones fallidas. Hay advertencias serias. Muchas de las naciones nuevas surgidas tras el colapso soviético, como Letonia, podrían desaparecer en el plazo de unos años si no revierten las tendencias demográficas.

No se trata sólo de deuda económica, sino de deuda demográfica difícil de pagar. España pierde población globalmente, después de un repunte poblacional animado por la “burbuja” y por la inmigración, pero a sus regiones levantiscas no les va mucho mejor. Cataluña, por ejemplo, sólo tiene una tasa de fecundidad ligeramente superior a la pírrica media nacional española en 2011, y está disminuyendo a buen ritmo desde que estalló la burbuja (descontando que en 2012 el 30% de los nuevos nacimientos se debían a la población extranjera). El País Vasco está incluso por debajo de la media nacional en fecundidad, según las estadísticas del INE. Estos no son datos que animen exactamente a pensar en la viabilidad de estas nuevas naciones como entidades independientes en la arena política y económica internacional.

Eduardo Zugasti

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