La Polla

Sí, eso mismo: el manubrio, el cipote, la pilila, el rabo, la picha, el carajo, el nabo, la minga. Los técnicos y los estirados la llaman también pene, falo, miembro viril o incluso pipí, que ya hay que ser pijo. La tranca, vaya. Afrontemos el hecho: te interesan las pollas, bien porque tienes una, bien porque te encantan, o bien porque a fin de cuentas han constituido un referente social y cultural a lo largo de toda la historia de la humanidad. Hale, ya tienes una excusa cultureta para seguir leyendo.

(Además, a buenas horas habrías venido tan deprisa si se me ocurre titular el artículo “biología evolutiva y sexología del aparato reproductor masculino humano”. Que nos conocemos, pisha.)

Confío en tu formación precedente sobre pollas –científica, naturalmente– para obviarme la tarea de contarte qué son, dónde están, qué aspecto tienen o para qué sirven. Sin embargo, es posible que desconozcas algunas cosas interesantes sobre los mandaos. Por ejemplo, sobre ese asunto tan cacareado del tamaño. Y es que hasta el más pichacorta de los humanos posee una tranca monumental, casi ridículamente grande, en comparación con nuestros parientes evolutivos más próximos. Eso incluye a algunos de nuestros más impresionantes primos de Zumosol, como el gorila o el orangután, que a pesar de su tamaño y poderío andan más bien cortitos de minga: cuatro centimetros escasos en plena erección, lo que para un tipo de 200 kg de peso, puro músculo, queda más bien chocante.

Hablando de erecciones. Por supuesto, en contra de lo que pensaba alguna gente, no hay ningún hueso en la pilila. Lo que constituye otra anomalía, pues todos los demás primates tienen uno, que se llama báculo. En realidad, somos muy pocos los mamíferos sin hueso en la picha de los chicos o en la pipa de las chicas; estamos nosotros, los caballos, los conejos, las hienas, los cetáceos –delfines, ballenas, marsopas–, los marsupiales y pocos más. Lo nuestro es pura sangre en las venas.

Literalmente: la erección depende de un intrigante sistema hidráulico natural, que contiene sangre a presión dentro del trabuco mientras su poseedor se encuentra excitado. Visto de otra manera, la matraca no es mucho más que un globo sobrevalorado. Sólo que la de los humanos resulta, de nuevo, especialmente complicada. Cualquiera diría que los mecanismos evolutivos que complicaron nuestra mente muy por encima de la de cualquier otra especie hicieron lo propio con nuestra polla. De lo que supongo se podrán extraer disquisiciones filosóficas que dejaré al criterio de mis estimados lectores. Y, me temo, lectoras.

La forma de champiñón del capullo –perdón, damiselas, el glande– y su mismo tamaño constituye otra de estas complicaciones. Su función no es evidente por sí misma, ni tampoco el hecho de que la parte más sensible del rabo sea la base del capullo, esto es, la corona (si no te sabías este truco, prueba a estimular por esa zona y ya verás… no recomendado con eyaculadores precoces).

Por fortuna, disponemos de biólogos evolutivos dispuestos a adentrarse valientemente en estos misterios. Verdaderos héroes de la ciencia: imagínate cuando le tienes que explicar a tus futuros suegros –inevitablemente del Opus Dei o cosa parecida– en qué consisten exactamente tus estudios de doctorado. “Verás, suegra, yo tengo un doctorado en pollas,” etcétera.

Aparentemente, el tamaño y forma de la mandanga están relacionados con dos hechos. El primero, la forma peculiarísima de la cadera femenina y la posición de su vagina, que se deriva de ser el único animal que camina erguido y puede practicar el coito en (casi) cualquier ángulo. El segundo, que los seres humanos no somos monógamos de natural, sino más bien casquivanos. Ningún primate se lía con una sola pareja, sino con muchas, y la monogamia ha sido rara en la mayoría de sociedades humanas hasta tiempos relativamente recientes. La única moral natural en asuntos de entrepierna consiste, esencialmente, en trincarse a tantas hembras como sea posible para garantizar la supervivencia de tus genes. Y las chicas también hacían lo propio, en forma de poliandria, antes de ser sometidas como una propiedad privada en las civilizaciones patriarcales. Observaciones todas ellas que sin duda también gustarán mucho a tu futura suegra, la del Opus.

Se han realizado resonancias magnéticas a parejas echando un polvo –ey, esta parte experimental de tu doctorado le encantará a la señora; yo creo que a partir de ese momento ya puedes llamarla mami–. En estas imágenes se observa claramente que la función del tamaño desproporcionado de las vergas humanas no es otra que alcanzar el cuello uterino y levantar la matriz, para proyectar el esperma lo más lejos posible, más profundamente que los demás primates que se tiraron a la tía antes. Y la forma de champiñón bulboso del capullo actuaría simultáneamente como escoba o barredera, para eliminar en la medida de lo posible la lefa que dejaron los anteriores. Vamos, que ya ves lo que Mamá Naturaleza se cree de tu fidelidad y de la de tu pareja.

Una consecuencia curiosa de esta hipótesis es que un hombre podría inseminar a su mujer con el semen de otro tipo si no se limpia cuidadosamente, cosa poco corriente –lo de limpiarse– a lo largo de la mayor parte de la historia humana. Imagínate la situación: Pepito y Juanita echan un polvo, con lo que Pepito deja su leche en Juanita, pero a cambio se lleva en la base del capullo un poquito de la leche de Senghor, el negrazo con quien Juanita se lo monta normalmente. Pepito no se limpia bien, con lo que algunos espermatozoides de Senghor sobreviven calentitos y húmedos en su propio capullo. Y cuando vuelve a casa le echa otro kiki a su legítima, preñándola con el esperma residual de Senghor, a quien ni siquiera conoce. Nueve meses después nace un precioso bebé mulato, y a Pepito le da un monumental ataque de cuernos, sin saber que la criatura es fruto de su propia aventura. Las probabilidades de que algo así suceda son relativamente bajas, pero no nulas.

Con respecto a tu futura suegra, quizás deberías contarle toda esta última parte apoyándote en algún video. Te adorará, seguro. O algo.

Antonio Cantó en lapizarradeyuri

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    Utzi erantzuna

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